Cuaresma: Stanovnik alertó sobre los peligros del egoísmo y la soberbia



El Arzobispo manifestó, en su homilia del Miércoles de Ceniza, que: “Cuando la persona, a la que se le confiere el ejercicio de un poder, que siempre debe orientarse al servicio, pierde el sentido de su función, hace un daño enorme”.

La comunidad católica celebró ayer el Miércoles de Ceniza, con esa conmemoración inició la Cuaresma, que terminará el Jueves Santo, instancia en la que se iniciará el Triduo Pascual.
El arzobispo de Corrientes, Andrés Stanovnik, presidió el oficio religioso en la Catedral y en su homilia destacó estos conceptos: “Este tiempo abarca cuarenta días y de allí le viene el nombre de Cuaresma. Se trata de un tiempo, en el cual nos preparamos para vivir la alegría de la Pascua de Resurrección. Preparar algo es dedicarse a ello y concentrar la atención en aquellas cosas que nos ayudarán a vivir mejor ese momento. Como la Cuaresma es el tiempo en el que nos preparamos para la Pascua, la atención la debemos poner en Jesús, Él es nuestra Pascua. La Cuaresma es entonces el tiempo en el que los cristianos nos disponemos a convertir nuestro corazón a Dios, con la confianza de que Él será clemente y misericordioso con nosotros”.
“Al centrar nuestra atención en Jesús, en su persona y su palabra, nos invade la certeza que realmente somos perdonados si nos arrepentimos sinceramente de nuestros pecados”. En el Evangelio que hemos proclamado, escuchamos cómo Jesús advierte a sus discípulos sobre la devastación que produce la vanidad y la soberbia en el corazón del hombre: “Tengan cuidado de practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre de ustedes que está en el cielo”, agregó. fotocontr
“Colocarse en el centro de la escena, llamando excéntricamente la atención de los otros, pretendiendo obsesivamente los primeros puestos, es la mayor ruina que el ser humano puede infligirse a sí mismo. Al que procede así, Jesús les asegura que ya tiene su recompensa, que no es otra que el derrumbe en su propio egoísmo. No hay peor cosa que le puede suceder a una persona, que encerrarse en sí misma, creerse que no necesita de nadie, sentirse autosuficiente y exigir que los demás lo miren y lo aplaudan”, prosiguió.
“Nadie está libre de la seducción que produce colocarse en el centro. Es más, nacemos con esa misteriosa propensión a convertirnos en dioses en el menor tiempo posible. Las primeras páginas bíblicas muestran esa maligna tendencia en Adán y Eva, que los precipitó en la confusión y la pérdida de armonía; la historia se repite luego en las dramáticas consecuencias de Caín y Abel; y, más adelante, vemos la misma confusión entre aquellos que construían la torre de Babel. Es tan fácil y al mismo tiempo tan tremendo el engaño en el que puede caer el ser humano ayer y hoy”, remarcó.
“Esa tentación acecha a todos, a niños y jóvenes, a hombres y mujeres, a personas creyentes y no creyentes, al rico y al pobre. Pero se ensaña de un modo especial con aquellos a quienes se les ha confiado alguna autoridad, sea en la familia, en la escuela, en la iglesia o en cualquier área de la función pública. Porque la estrategia del maligno es atacar la cabeza, porque es el mejor blanco para debilitar a todo el organismo”, continuó.
“Cuando la persona, a la que se le confiere el ejercicio de un poder, que siempre debe orientarse al servicio, pierde el sentido de su función, hace un daño enorme. La experiencia personal nos enseña que cuando extraviamos el fin para el cual vivimos, se trastornan los vínculos con las personas que están a nuestro lado, perdemos la paz, y la ansiedad nos lleva a buscar satisfacciones que empeoran aún más la situación. Algo similar sucede en el organismo social, desde el momento en que los que tienen responsabilidad de servir al bien de todos, desvían esa finalidad hacia otros intereses. Las consecuencias negativas que eso acarrea se podrían expresar con la advertencia de Jesús: “Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa”.
“Con la bendición y la imposición de la ceniza que vamos a realizar a continuación, queremos expresar nuestro reconocimiento de que somos pecadores, que en cuanto tales confiamos en Dios que es infinitamente compasivo y misericordioso con los que se arrepienten de corazón. Y, a la vez, le pedimos que nos conceda la gracia de la vida nueva que nos viene de Jesús, muerto y resucitado. Finalmente, iluminados y fortalecidos por la Palabra de Dios, vayámonos con el compromiso de empezar ya nuestro camino cuaresmal, dedicando más tiempo a la oración, a la visita del Santísimo Sacramento en los lugares y tiempos donde la misma se realiza, a meditar y a orar con algún texto de la Sagrada Escritura, y, por sobre todo, a participar en la Misa dominical y acercarnos al sacramento de la Reconciliación”, profundizó.

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